miércoles, 1 de agosto de 2018

Fluctuaciones

Hay mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia
Hay mujeres que nunca reciben postales de amor
Hay mujeres que sueñan con trenes llenos de soldados
Hay mujeres que dicen que sí cuando dicen que no

Joaquín Sabina

Me dijiste que eras somera y fluctuante, pero no te creí. No es que fuera falta de vocabulario, es que me parecía algo tan impersonal que no podía aceptarlo. Estaba demasiado ocupado amueblando el salón con armarios de caoba y alfombras indias, como para ponerme a pensar en metáforas.

Al día siguiente acababa de comprar una mesa de anticuario, y estaba envuelto entre limas y lijas, cuando sentí que comenzabas a llorar en la habitación. Cuando llegué, se había desatado un torrente incontenible de sal y desidia; estabas sentada en la cama y llorabas, llorabas como si no hubieras nacido más que para eso. Lloraste durante varias semanas, y el agua se colaba bajo las puertas y anegaba los pasillos. Las alfombras quedaban sumergidas como tesoros piratas, los muebles absorbían el agua y se pudrían con la sal, tu gato persa decidió emigrar porque no sabía nadar y tenía el pelo demasiado sedoso para soportar aquella humedad inmunda.

En ocasiones intenté frenar tus lamentos. Me sentaba junto a ti mientras creías mover los pies, que estaban enraizados junto a la cama. Te besaba la frente y con mis manos trataba de taparte los ojos, pero el agua surgía entre mis dedos, y continuaba goteando incansable.

Armado con calderos y cubetas busqué salvar mis muebles, pero comenzaron a formarse olas que llevaban objetos de unas habitaciones a otras y tuve que dejarlo por imposible.

Una noche encontré flotando tu viejo álbum de fotos, y no era ya más que un borrón de tinta. Pero mientras lo hojeaba, dejaste de llorar. Lo supe porque fue como si alguien hubiera cerrado un grifo. Esas cosas se sienten. Remé acercando la canoa a tu habitación y entonces comprendí que no me habías mentido. Comenzabas a evaporarte lentamente, formando una niebla espesa, casi opaca. Tus ojos ya no eran ojos, y comprendí que ya no estabas, que te había perdido.

Sólo entonces, cuando te perdí a ti, dejaron de importarme las maderas arcaicas, los muebles de iroko, las mesillas de cristal y aquellas eternas restauraciones que no tenían sentido. Ni siquiera me dolía haber perdido mi vieja colección de vinilos, porque te había perdido a ti.

Esa noche, cuando fui consciente de todo aquello, comencé a llorar.

viernes, 20 de julio de 2018

Medusa

Cuando sea consciente -esas cosas se sienten- de que frente a frente, en plena calle, unos ojos de esmeralda caminan hacia usted, magnánimos, como suspendidos en enormes zancos, debe evitar por todos los medios el contacto visual directo con ellos. Para esto se puede servir de estrategias varias: contar baldosas, buscar formas curiosas en las nubes, mirar la hora, recordar con los ojos cerrados la lista de regalos de su último cumpleaños, o citar todos los números primos, desde el dos hasta donde sea necesario, tratando de visualizarlos en las palmas de sus manos. Mientras intenta ignorar dichos ojos, su cuerpo ‒debido a las inexorables leyes de la física— caminará hacia el encuentro, y en cierto punto se producirá el inevitable cruce de ambos cuerpos. Durante los segundos en los que se produce este acercamiento, es posible que tenga alucinaciones, como sentirse desnudo repentinamente o escuchar el derrumbamiento de todos los edificios de alrededor. No se distraiga de su cometido. Una vez en paralelo con el peligro, inspire a fondo, huela el perfume, añore regazos de caramelo desconocidos y sepa que no debe girarse si no quiere terminar convertido en sal, o lo que es peor: en piedra. Si la mirada de soslayo fuese correspondida, además de lamentarse porque quizá no vuelva a ver esos ojos, en cuya paz jamás descansará, llorará todas las noches sabiéndose una condenada medusa más.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Hey moon

Hace días que vive en un sueño.
Es una habitación en el último piso de un edificio de piedra. Los marcos de las ventanas están vencidos, y hace frío. De vez en cuando alguien viene a avisarle de que le siguen buscando. Es el único acontecimiento que espera, y se ha acostumbrado tanto a él que sólo asiente cuando le hablan. Confirma sus sospechas. Sí, le siguen buscando. Nunca pregunta.
Cuando oye pasos que se acercan suele dejar lo que tiene entre manos y adoptar una actitud seria. Se saca el pulgar de la boca y lo restriega contra su jersey para secarlo, o interrumpe su dibujo en el polvo de los muebles y lo deshace con las manos. Tiene miedo de que le vean tal cual es. Si la puerta está a punto de abrirse, mira por la ventana como si buscase algo al fondo, en el parque. Así le encuentran una y otra vez.
A veces quien viene se detiene un poco a mirar la estancia, y le pregunta cómo se encuentra, especialmente si es de noche. Siempre está bien. No confía en ellos lo suficiente para explicarles nada de lo que piensa. Suele dormir durante el día, porque no le molesta la luz. De noche es cuando mejor se siente, aunque su respiración desprende un vaho que le inquieta.
Mataría por un cigarro, pero nunca se lo dan. Y no tiene con qué encender un fuego, pues de ser así ya hubiera utilizado los muebles como combustible.
Se mantiene con un vaso de leche al día y un puñado de galletas, pero no siente hambre. Las más de las noches conversa con la luna a través de las rendijas del tejado. La siente cercana a él, pues parece que también espera algo. Al principio medía el tiempo en sus ciclos, pero pronto dejo de tener interés. Mastica las galletas con dificultad y se impregna la barba de leche. La tiene grasienta.


No recuerda la última vez que se vio en un espejo. El reflejo de los cristales es engañoso y le hace sentirse como una sombra. 

jueves, 31 de octubre de 2013

Duda volátil

Aquel tiesto del 4º C llevaba tres días especialmente callado. Su dueña tenía los ojos de vidrio y la voz ronca de tanto gritarle a Dios que —fuera cual fuera el motivo de dicha apatía— le diera una solución y Dios no, pero el párroco le había aconsejado un poco de música que, según él, a los geranios les iba de perlas para el ánimo.
Por eso al llegar a casa había probado con su Manolo Escobar —qué envidia de hombre— pero ni los carros ni los toritos surtían efecto. Desquiciada, le había tomado el pulso, porque quizá sus esfuerzos estuvieran siendo inútiles, pero para su alivio, el pulso estaba normal. 
Más tarde lo intentó con Beethoven, pero nada, ni la Novena. Hasta qué extremos llegó, que puso un disco de Judas Priest y a punto estuvieron de multarla por exceso de decibelios. 
¡Qué nostalgia sentía por aquel tiesto que era su vida, siempre tan tranquilo, atento y dispuesto a ofrecerle amistosa compañía! No podía resignarse a tal pérdida, así que fue a por otra remesa de cedés, a ver si había suerte. 
Lo que no sabía aquella señora ataviada con mandil y rulos domingueros era que su tiesto del alma llevaba un tiempo cuestionándose el sentido de la vida cual filósofo griego. Hasta entonces había sido un tiesto común, errante, que nunca decía una palabra más alta que otra, ni trataba aparentar cosas que no fuesen ciertas. Pero a pesar de conocer mundo, vivir en variados alféizares y cultivar amistades por doquier, no había logrado encontrar un leitmotiv, una esencia, algo que lo distinguiera de los demás, a lo que aferrarse en momentos difíciles. 
En cambio, sus ojos llevaban semanas hechizados con los pájaros. Lo cierto es que había de todo tipo en aquel rincón de la ciudad: cuervos, palomas, gaviotas, urracas… Nuestro tiesto no dormía, no comía y tampoco era capaz de pensar con claridad desde entonces, y es que soñaba con volar hasta el punto de la obsesión. Pero no sabía si sería capaz, claro. Había comparado mentalmente su anatomía con la de las aves, y era consciente de que él no tenía plumas, ni pico, ni siquiera alas. Derrochaba voluntad y deseo, eso sí.
Era su ilusión dejar aquel alféizar y darse a la vida aérea, como preso a la fuga. Pero tenía miedo de descubrir demasiado tarde que no era capaz de volar. La gente pasaba por la calle, y él, distraído de sus obligaciones ornamentales, con aquellas cuestiones en mente. Perdía las horas deshojando pétalos mentalmente —virtudes de los tiestos—. En el «me tiro, no me tiro» siempre le salía que no. Su mente repetía no-lo-hagas y su corazón bombeaba HAZLO. Era un tiesto cerebral.
En las de resignarse estaba, cediendo al dominio de la razón, cuando su dueña colocó un nuevo cedé y le dio al play
Era Enrique Iglesias. 
Qué demonios —se dijo entonces el tiesto—. Ahora o nunca. 
Y no, no sabía volar, pero descubrió su identidad oculta: era un asesino de los mejores.


domingo, 15 de julio de 2012

Mala mattiana



Me han mirado pelar la manzana, oyes bien, me han mirado seis ojos tres personas o lo que es lo mismo demasiada gente desde sus adentros cuencas iris, me han mirado pelar la manzana con el cuchillo de postre, han contemplado mi pelar tosco y embrutecido, de mamífero silvestre, con nerviosismo de última cena, parapetados en sus tronos de comensales avezados mientras yo pensaba que quizá las manzanas se coman a mordiscos y no sean cosa de aristócratas, que los gusanos entienden mejor eso de degustar manzanas, que la vida es como esa manzana que he pelado, el eterno juego de no saber y aun así comprometerse.

No he dispuesto de herramientas adecuadas, nunca he entendido qué es un cuchillo de postre, ni por qué una manzana no puede pelarse con los dientes. ¿Acaso hemos perdido los modales?

Además todos miraban mi labor expectantes, el padre la madre la hija, y yo con manos temblorosas pelando la manzana, cortando en trozos pequeños la manzana, degustando la manzana, fruta leñosa que colma al insaciable. Dadle manzanas al hambriento y lo saciaréis, pensaba con cada trozo masticado, la manzana no es un buen postre, esta será mi última manzana, todo este asunto por no lavar la condenada manzana, seré castigado por querer librarme del epicarpio, todos moriremos por la manzana, pensaba, queriendo que fuese una manzana de mano y quitarle la anilla y lanzársela al padre o la madre o la hija, en definitiva los propietarios de los ojos que me enrojecían y me hacían sentir tan sólo los dedos, decirles ¡Ahí va! El que se la quede pierde, miradla ahora bien de cerca, entreteneos admirándola, sí, es una manzana de mano y va a explotar así que cuidado.

Pero me la tuve que comer, entera, me comí hasta las pepitas la rama la anilla y me pasé la servilleta por los labios y dije ¡Hum, qué rico! Y pensé ya habéis visto cómo se come una manzana, gaznápiros, podréis acusarme de cualquier cosa pero no de no saber comer una manzana. Entonces victorioso enfrenté los pares de ojos, uno por uno, para dar fe de mi heroísmo, y cuando ya meditaba levantarme escuché que la madre me decía:

¿Te apetece otra? Chico, da gusto verte comer.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Perdón

He llegado al génesis de la luz
allá donde sólo llegan las almas en las que la mar florece
y he visto diamantes carmesí
espuma de arena
y corazones latiendo incandescentes
que me recuerdan venganzas flamígeras fraguadas en testas de cerilla.
Me he topado con combates entre tazas y tenedores quijotescos
con el precipicio abismal tras las palabras
cuando el silencio asola con su vértigo cruel
y pido perdón
por si acaso mi sombra se ha alargado hasta el infinito
propiciando la dictadura de las luciérnagas.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Pleito plumífero

Paloma liviana de blanco pálido y plumaje esbelto revolotea flotante el cielo contemplando azules flores polipétalas de cálices polisépalos. Alegre localiza lejana crisálida lenticular colgando de árbol pero, lástima, confluye alondra ligera que lejos de alianza reclama crisálida como legítima y con licitud se lanza en alarde altivo de celeridad logrando en vuelo lineal almorzar por palmo lujoso lepidóptero potencial y liquidando conflicto sin lirismos delante de rival ostensiblemente alicaída.

domingo, 21 de febrero de 2010

La magdalena

Parece que llegan otra vez las quejas silenciosas y el frío a destiempo, una sensación más de huesos que de piel. Parece que cuando intento acercarme a tí el hielo aparece con sus intromisiones sorpresivas para congelarte las vísceras, y que tan sólo quieres irte a casa, porque tienes sueño, dices, porque hace frío, porque ya es tarde. Y sin embargo si fuera yo el que dice que ya es tarde, romperías a llorar como me han contado que hacen las magdalenas, porque yo nunca las he visto, inundando tus mejillas con toda la sal que tienes acumulada.

Pero estate tranquila, tápate fuerte con tus sábanas de lana, y abrázate a ti misma con esa suerte de manos con las que te han bendecido. Yo ya no voy a nadar más a contracorriente para robarte un beso como si estuviera cometiendo un crimen. Los viernes te pones cariñosa y crees que los halagos llegan a tiempo, pero no es cuestión de eso, y si intento demostrártelo con indiferencia, tu sólo comprendes, con tus procesos mentales dignos de estudio, cosas cercanas al despropósito. 
El otro día, sin ir más lejos, llegaste con esa sonrisa insólita, más propia de cuentos que de este mundo nuestro, dispuesta a echarme cosas en cara, pero con finura, como si estuvieses de rodaje en Hollywood y hubiera cámaras en cada esquina. Sin ganas te sentaste, y comenzaste a pasar hojas, fingiendo, haciéndome creer que verdad te interesaba algo de lo que leías y no tenías la cabeza en otro mundo; me hiciste caso omiso, y después eres tú la que pone los ojos en blanco y se ofende cuando no le regalan flores cada mañana. 
Y es que la lluvia también complica mucho las cosas, con su humedad y esos nervios que transmiten las gotas, que me incitan a peinar recuerdos y redescubrir viejos fracasos. Luego de meditar te miro a la cara y es cuando me doy cuenta de que aunque ahora seas tú y no otra persona, la lluvia siempre vuelve a caer, los febreros siguen trayendo nieve y los niños mocosos nunca dejan de preguntar. 
¿Cómo voy yo a cambiar estas dudas que arrastro por costumbre? 
Quién sabe desde cuándo me sucede esto, tan humano y tan poco animal, porque hubo un tiempo en el que me sucedía y me ponía triste, y otro en el que intentaba que no sucediese y seguía triste, y daba igual que estuviera en la playa al sol o en una piscina con los pensamientos húmedos y solitarios, porque siempre están presentes los autoreproches, tenga las manos en los bolsillos, encienda un cigarrillo con mi clipper o mire el techo ambarino de mi habitación. 

Así que, darling, cuando vuelvas a intentar convencerme con tus labios cremosos y esos ojos que brillan según tus intenciones, te diré que ya es tarde, y veremos si la indiferencia consigue cumplir tus expectativas, porque yo estoy demasiado perdido conmigo mismo para comprender qué es lo que quieres en realidad, ni qué has querido desde el primer momento, si me das y me quitas, y los presuntos paraísos quedan cada día más lejos, más para los bufones como yo, a los que siempre consigues engañar. Prometes futuros, y no hace falta. Ya vendrán por sí solos.

martes, 26 de enero de 2010

Tretas


Miraba por la ventana en el preciso instante en el que el tiempo se detuvo. Mi primera reacción fue cerrar los ojos con fuerza para volverlos a abrir a la espera de que los coches siguieran circulando, pero no fue así.
Llevaba unos meses experimentando con drogas blandas y me habían dicho que los efectos secundarios podían sorprenderme, sin embargo, aquello era demasiado.
Así que cuando el tiempo se para, la ley de la gravedad también deja de actuar, me dije.
Y es que algunos peatones se habían quedado estáticos con un pie en el aire, como si esperasen el paso de una desprevenida cucaracha. Otros tenían posturas tan forzadas que parecían marionetas de trapo o estilizados guiñoles. Pero lo que más me impresionó fue un skater con complejo de albatros que persistía en el aire con los brazos extendidos como si  hubiese previsto aquel curioso incidente.
Lo sé. Los más vulgares pensaréis que me precipité a tomar fotos e inmortalizar el instante; los románticos opinaréis que debí quedarme contemplando la escena, o salir a la calle para experimentar como quien no se conforma con ver la nieve desde la ventana. Estoy convencido, es más, de que vosotros, los de espíritu vándalo, ya habéis tenido tiempo suficiente para estudiar el abanico de posibilidades criminales que se abrió ante mí en aquel instante.
¿Qué hice?
Imbuido por la sensación de que aquello no sería eterno, salí a la calle y corrí hacia tu casa con un ansia poco habitual. Trepé por la ventana de tu habitación —siempre abierta y te encontré tumbada en la cama, leyendo.

Me acomodé junto a ti, y tras meditar unos instantes la legitimidad del propósito, te besé por fin, después de tantos anhelos, tristezas y desconciertos.
Y disfruté el instante más que ninguno anterior.
Cuando me alejaba de tu boca y tenía en mente el broche final: [...] y sólo pude besarla el día que el tiempo se detuvo... me miraste a los ojos y murmuraste con una sonrisa burlona:
Por fin.
Y después, mientras me besabas con las ganas acumuladas durante largos años de sequía, comprendí.
Ahora conozco muy bien tus armas, así que vete olvidándote de las confabulaciones colectivas.

Ya puedes ir ingeniando nuevas tretas.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Sombra

Ayer conocí a tu sombra y me dijo que no eres más que una embustera. Te seguía por ese local donde la música se ha cansado de ser mero ambiente y saliste corriendo como si hubieses dejado abierto el gas. Allí se quedó tu sombra, cansada ya de seguirte, y me demostró que tu sonrisa no es más que una versión rancia de la suya. ¿Creías que nunca me iba a enterar?

No es justo robarle a los demás su esencia y venderla como tuya. Ella es quien descubrió los pantalones apretados, y quien gusta de llevar bufandas que flotan hasta sus tobillos. 

Además, su conversación es más agradable que la tuya. Igual de dulce y misteriosa, pero más natural. Charlamos sobre la ceniza y el café, concretamos el día en el que me engañaste por primera vez, recordamos todos y cada uno de los momentos en los que me utilizabas para sentirte bien, nuestros besos contados sin más testigos que ella misma. 

Y descubrí que hasta esa capacidad tuya de desaparecer en un instante no es más que mimetismo cuando al filo del alba me quedé hablando solo. 

Pero sé que volverá, como tú hacías siempre.

viernes, 30 de octubre de 2009

Bochorno


Últimamente la gente me mira de forma extraña. El otro día iba por la calle y los transeúntes se paraban a observarme, los muy descarados, apostados detrás de las farolas, escondidos, o en los bancos mirando de reojo. Cuando los descubría y les mostraba mi desprecio y reprobación por cretinos, sencillamente se hacían los suecos, silbando, como si estuviesen muy ocupados redactando listas mentales de la compra o pensando en sus tareas y quehaceres cotidianos.
Pero a mí no me la dan.
Ayer mismo cuando bajé al portal, una señora muy amable del tercero, que siempre perfuma los pasillos con el aroma de sus tortitas, en vez de aguantarme la puerta como acostumbraba a hacer, me la cerró en las mismísimas narices. Y allí me quedé pensando en el pecado que habré cometido mientras buscaba en el buzón, donde acabé encontrando un folleto publicitario que recomendaba el suicidio como solución a todo problema.
¡Basta ya de amarguras, incomprensiones y malestares! Únete al... ¡Suicidio colectivo!
Y casi acabé por participar en la iniciativa.
Esta mañana ya estaba más calmado, y me divertía contando baldosas en la acera hasta que llegué a un semáforo en rojo y tenía que cruzar. A mi lado se posicionó un caniche, y cuando me quise dar cuenta, había basculado con odio todo el contenido de su vejiga sobre mi pierna. Levanté la vista y allí estaba un joven, que sostenía la correa con ambas manos y parecía muy concentrado en que el verde del semáforo le diera el pistoletazo de salida para huir. Intenté hablarle, pero no me salió palabra alguna. Daba igual, porque no me iba a escuchar, pero me dio rabia la sonrisa que parecía esbozar el perro, sin saber si era por el placer de la descarga, o por la valerosa ofensa que acababa de perpetuar.
Cuando entraba en el edificio, me encontré al portero abrillantando el suelo. Iba muy elegante, como siempre. Recordé que era persona muy educada y simpática y lo saludé. Pero me hizo la flor; ni siquiera se giró. Y después, cuando ya encaraba las escaleras, lo vi reflejado en el espejo, mirándome con desprecio como una verdadera arpía. Subí tan perturbado que tropecé varias veces con los escalones y me caí, pero nadie me vio y me da igual; aquí estoy disgustado y sin hallar explicaciones.
Así que lo he pensado mucho y creo que debo volver a ponerme ropa parar salir de casa, y aguantar este calor irreal de octubre con estoicismo. Es injusto, pero quizá eso sirva para camuflarme un poco y desviar algunas miradas.
Aun así me da rabia:
Luego van de naturalistas.

lunes, 13 de abril de 2009

Caos visceral

Precisamente necesito una de las dos cosas: o no tener que olvidarlo, o conseguir olvidarlo. Y ninguna de las dos cosas es posible. Siento que todo lo que hablo contigo, y todo lo que intento que me expliques, es tiempo perdido, porque nada tiene explicación. Siento que soy imbécil al estar un día alegre y decir cosas que al día siguiente han perdido toda lógica. Siento que te necesito y siento que no te tengo, y que no tenerte me hace daño, y alejarme para olvidarme me destroza, y acercarme para llenarme me destruye. Siento que no paso tiempo contigo y me hiere, y que cuanto más paso más necesito y más me hiere, pero si intento no pasarlo me acaba doliendo más que de cualquier otra forma. Por momentos siento que todo esto tiene sentido, pero en otros sé que no lo tiene y cuando me doy cuenta de que es así, ya no quiero saber nada, porque sencillamente no quiero sufrir. Siento que las promesas van a tener valor, pero cuando el tiempo las desgasta, aunque sea cuestión de un mísero instante, me falta el ánimo para cumplirlas. Siento que tus sonrisas alegres, tus miradas risueñas y tus gestos comprometidos me llenan, y siento que las mías también te llenan, pero por momentos dudo y eso me hace sentir miserable. Siento que en cada instante tengo dependencia de ti, y la duda de si te pasa lo mismo me corroe las entrañas hasta el punto de que cuando me olvido de esa dependencia, aparece una extraña sensación de tristeza, un vacío sordo que viene a demostrarme que debo pensar en ti. Siento que todo lo que hemos pasado en este tiempo es lo mejor que me ha ocurrido en la vida pero siento que quizá acabe siendo de las cosas mas tristes que recuerde, en vez de las más felices, y cuando no es así me persigue la sospecha, un miedo remoto, de que mi alegría es infundada. Siento que mentirte para no pasarte mis problemas no es la solución, pero tiras de mí y acabo haciéndolo, y sintiéndome mal porque sé que te voy a contagiar todo lo que me pasa y eso es francamente egoísta, pero siento que si no lo hago estoy en deuda contigo porque cuando a ti te pasan cosas malas me las cuentas y yo sufro, y es como si existiera una simbiosis entre nosotros en la que las penas se transmiten y las alegrías se comparten. Siento que todos los esfuerzos que he hecho este tiempo por estar bien contigo se van a venir abajo, porque nos hemos enredado en un bucle que no nos deja escapar y ya no somos capaces de hablar de otra cosa que no sea nuestro propio dilema, nuestra reiterada miseria, y cuando lo hacemos es sencillamente para acabar juntos de nuevo, como dos mendigos, llorando solos y tristes por la maldición que tenemos encima. Siento cada poco que nuestra historia se acaba, que toca a su fin, pero de pronto recuerdo que hemos pasado tantas cosas y siento que es imposible que esto acabe con todo. Siento que te quiero demasiado, y que me encanta mirarte, y estar contigo, y hablar contigo, y me encanta cuando no podemos vivir el uno sin el otro, pero sé que eso no es bueno porque a pesar de que me llena… de que me hace sentir feliz, la carencia posterior, la ausencia de todas esas fuerzas acaba conmigo. Y sé que escribirte todo esto según sale de mi cabeza va a servir, en el mejor de los casos, para que te des cuenta de lo que pasa claramente y sin rodeos, pero tengo la vaga sensación de que ya está todo más que claro, y me duele exageradamente sentir que, en el fondo, no servirá para nada.

domingo, 5 de abril de 2009

Melancolía improcedente

Nadie sabe en qué noche de octubre solitario, de fatigados duendes que ya no ocurren, puede inmolarse la perdida infancia junto a recuerdos que aún se están haciendo. Nadie sabe cuando se romperá en nuestra mente la vasija que ha de despertarnos para salir de esa temible inercia huracanada. Nadie sabe cuando nos encontraremos frente a frente con la puerta que siempre hemos querido evitar; cuando los vaticinios serán tan indudablemente reales como para vernos rendidos a una molesta evidencia.
Nadie sabe cuando dejaremos de ser “yo” para ser “nosotros”. Cuando de verdad podremos estar seguros de la mentira obscena en la que habíamos vivido, siendo más mentira, y más obsceno, el presente fugitivo.
Nadie sabe lo duro que ha de ser el golpe para no volver a tropezar; lo tamañas que han de ser nuestras limitaciones para otorgarnos el placer del reconocimiento inútil, lo absurdas que han de ser, en todo caso, nuestras exageraciones, para encontrar el sinuoso camino a la realidad.
Nadie sabe con cuantos Narcisos habremos de topar, cuantas mentes perversas se van a reír de nuestra tierna ignorancia. Nadie sabe cuando las putas dejarán de soñar con ser vírgenes y coser calcetines; cuando los curas inventarán el mandamiento que les impida el aprovechamiento de nuestras débiles conciencias.
Tampoco sabe nadie cuando nos quedaremos inmóviles, al borde del camino. Cuando congelaremos el júbilo y querremos con desgana; cuando intentaremos salvarnos llenándonos de calma, reservando del mundo un rincón tranquilo donde dejar caer los párpados, pesados como juicios.
Nos quedaremos sin labios, nos dormiremos sin sueño, pensaremos sin sangre y nos juzgaremos sin tiempo, perdidos en la nostalgia de una vida pequeña y sencilla. Pero nadie sabe si será en esta vida o será en otra; si será ahora o será nunca, cuando dejemos de ser tan niños como, al menos, éramos hasta ayer.

lunes, 23 de marzo de 2009

Cuando uno pasa mucho tiempo solo, tiende a distorsionar la realidad, convulsionando lo innegable y haciendo un cóctel explosivo con las verdades y mentiras que le rodean y le conciernen.
Pocas veces estar solo es bueno, a pesar de que es la única forma de afianzar tu identidad de forma que nada ni nadie pueda cambiarla; únicamente cuando estás solo eres capaz de creer en algo con total fervor.
Quiero que entiendas a lo que me refiero con estar solo: no hablo de soledad espacial, sino otro tipo de soledad.
Créeme, se puede estar rodeado de gente y aún así estar completamente solo. Porque es más un sentimiento que un estado de animo, porque es algo propio y personal.
Es posible conversar con mucha gente que, a pesar de todo, no te saque de la enigmática soledad.
Cuando decides vivir solo lo haces porque estás completamente seguro de que es lo mejor, de que es el camino adecuado para alcanzar la pretendida felicidad. También lo puedes hacer porque te cuesta abrirte —que no suele ser el caso—, porque la realidad no te gusta, o porque no confías en los demás y te sientes diferente —que no mejor ni peor—.
Si uno cierra los ojos e imagina, se dará cuenta de que puede construir un mundo perfecto. Puede hacer lo que quiera, y no habrá miedos ni confrontaciones, ni catástrofes ni desgracias. No habrá nada más que lo que se pretenda.
Pero es pura mentira.
Ficción.
Es como cuando te despiertas de un sueño la tarde de un jueves y a medida que sales de tu aletargamiento la conciencia te abofetea:
—Eh, tú. Que no eres guapo, ni superdotado, ni rico. Que mañana tienes trabajo, que está anocheciendo, y que estás solo. Quita esa cara de bobo.
Cuando uno está solo, sus ojos se cubren con una fina tela de esperanza que hace las veces de párpado. Es igual que si tuvieras los ojos cerrados, con la diferencia —por otro lado determinante— de que sigues viendo el mundo a tu alrededor. Pero no de igual forma.
La distorsión que se produce tampoco es espacial. Es un mecanismo de autodefensa que trata de engañar a la conciencia.
Pero todos sabemos, por muy amargo que nos resulte, que sólo existe una forma de librarse de la conciencia:

La muerte.

domingo, 8 de febrero de 2009

Cuentacuentos: El tiempo es el héroe.

El tiempo vino a decir que las palabras no eran tan fuertes.
No quiero reflejos que me engañen. No quiero mentiras que contaminen el valle.
Un soplo de aire fresco, de brisa nocturna dijo no al fatigoso miedo. No a la azarosa vida ni a la azarosa muerte.
No a las arenas movedizas. No a los volcanes de motivos en erupción.
El tiempo pone a todo el mundo en su lugar. Amenazas, suspiros o delirios de grandeza no son nada. ¡Ding-dong! Todos nos creímos en algún momento lo que nunca llegamos a ser. ¡Ding-dong! reproches sin motivo, motivos sin reproche. Frases varias pensadas bajo el influjo de sangre muerta.
Los murciélagos a medianoche aletean ciegos y locos. Las águilas se estudian extremando precauciones. La experiencia repetitiva de las hojas hace que vuelvan a caer. Los zorros persiguen a los ratones. Y tu…
Haz como si no existiese. ¡Ding-dong! Todo lo que se guardó quiere ser expresado en un momento y se vomitan las palabras. ¡Ding-dong! Miedo social. ¡Ding-dong! La sombra de las luciérnagas.
Hazte el valiente.
Hazte la interesante.
Celos. ¡Ding-dong!
Úsanos como reproche. No busques que hable ni esperes que piense que acaba la noche. ¡Ding-dong! ¡Despierta!
Sueños rotos, ilusiones perdidas, desaparecidas doncellas. Fuegos artificiales que deslumbran a las estrellas.
Bésame.
Muérete.
Miedo por omisión de explicaciones socorridas. Discurrida disculpa de lágrimas absurdas. No te conozco. Se ha parado el reloj y el mundo ya no es lo que era. ¿Quién me miente?
Veo el gris del silencio de un gato. Pero no se le escapa un maullido. Mi aullido es más fuerte. Porque no hay tic-tac. Hay ¡Ding-dong! Una y otra vez.
Y no, no amanece. Y las cosas empiezan a ser redundantes. Pócimas rezumantes de niebla al alba. Mentiras religiosamente diagnosticadas. Propensión a la lluvia de miedo.
No habrá subastas al amanecer porque no habrá amanecer.
No habrá amanecer.
¡Ding-dong! Las agujas del reloj no suspiran. Ha muerto el pulso de su compás insonoro. Tampoco oigo el compás de mi corazón.
Nunca estarás de acuerdo en que ambos teníamos razón. ¡Ding-dong!
Tonterías en la memoria de un loro. Frases sin sentido. Sentidos dormidos. Dormidos suspiros que matan tu vida. Tú haces la tuya y yo hago la mía. ¡Ding-dong!
Don dinero. Olvídate de que te deba promesas. Porque es tarde. Desde aquí, sentado en el campanario, la luna me dice lo que es cierto.
El tiempo es el héroe. Las doce campanadas lo demuestran, una vez más.
Ya no te quiero. La quiero a ella por su verdad. Porque ella está cada noche. 
Ahí, pequeña o grande, pero impasible. Sin necesidad de reproche. Sin reproche de necesidad.
Desde el principio y hasta el final.
Si no amanezco mañana, pregúntale al sol.

¡Ding-dong!

miércoles, 21 de enero de 2009

Cuentacuentos: Hace tiempo comprendí que más vale la pena pensar en uno mismo

Hace tiempo comprendí que más vale la pena pensar en uno mismo, pero no por egoísmo, si no para demostrar a los demás cómo se es en realidad, y dejar de engañarse.
El único problema es que no se como contarte lo que siento y tampoco descubro con claridad lo que debo darte.
Yo no soy un gran héroe, ni tengo superpoderes. No tengo telas de araña con las que columpiarte por los rascacielos de Manhattan. No puedo hacer magia, ni canto como Frank Sinatra. No soy un Don Juan, y nunca viajaré a Marte, ni seré arquitecto. No soy Jakie Chan, ni Bruce Lee, y tampoco tengo amigos en la mafia que amenacen con cabezas de caballo cortadas.
Jamás podré llegar a ser tan guapo como Brad Pitt. No tengo flechas de Cupido, ni soy un ángel celestial. No compongo música, ni pinto cuadros. No se decir basta cuando estoy contigo, ni siquiera soy un tipo duro. No me drogo, ni suplico con arrogancia tu ayuda. No soy un magnate del petróleo, ni un multimillonario, ni creyente. Nunca he probado pócimas mágicas y tampoco sé luchar con espada. No soy torero, ni un bandido del oeste, ni un pirata itinerante. No he estado en la cárcel, ni estoy más loco de lo normal. No tengo anillos ni joyas valiosas que regalarte, ni llevo una corona de laurel. No soy detective, ni piloto de avión. No soy Hamlet, ni Hansel, ni Gretel, ni siquiera Peter Pan. No tengo un hada, ni una musa, ni llevo una placa de sheriff.
No he perdido la memoria, ni disparo como lo hace John Wayne. No tengo un coche fantástico, ni soy un vampiro, ni un hombre lobo. Me falta mucho para reunir el autoestima de Forrest Gump o la valentía de Hércules. No soy un Dios, ni un santo, ni un zombi, ni un mendigo, ni un asesino. Poco tengo de capitán, y menos de Alatriste. No conozco a Frankestein, ni a Zeus, ni siquiera a Odín. No se qué existe y qué no existe porque al mundo no le interesa que lo sepa. No he estado en la Atlántida ni formo parte de la Camorra. No he subido al Everest, ni he estado en la esfinge de Gizeh ni he dado la vuelta al mundo y menos en globo. No soy un deportista famoso. No soy un soldado, ni he estado en la Segunda Guerra Mundial. No soy judío ni indio, ni nazi, ni hebreo, ni árabe, ni he estado en Tokio ni en Bombay. Tampoco he visto los desiertos de Australia ni las estepas de Rusia. No soy el valiente Lawrence, ni un revolucionario golpista. No soy el batería de ningún grupo de moda ni tengo un pasado tenebroso ni escondo nada bajo el colchón de mi cama.
Ni siquiera tengo muchos secretos: sólo uno.
Te quiero.