sábado, 10 de noviembre de 2018

Azor

I


Un fugaz rayo en el océano
iluminó la cumbre;
era pronto para alegrarse.

¿Llegará el día?
Sí.

Escucharás un canto
en el mayor silencio,
frío, húmedo, del alba,
ese lienzo tan blanco
que toda voz enaltece:
un pájaro será el
primero en proclamarlo.

Aunque no se reconozca
por más que husmee
su reflejo, podrá en el eco
de su propia mística,
de su música;
como tú también quisieras.

Pero no aventures; espera.
La luna
es todo cráter aún
esta noche.

Más vale dibujar siluetas
en el polvo
mientras el silencio,
por costumbre.

La luna no es piadosa,
no ahuyenta
los vacíos con su luz;
tampoco un relámpago
te salva.

La sol, el luna,
todo género es bobo,
arbitrio;
las palabras ensucian
la verdad.

Alguien dijo: eres hombre
y mentía. Eres hombre,
mujer, por descontado niño.

Eres pájaro además
aguardando la luz
con un ojo abierto
en la rama más alta
de tu fracaso.
Cuando pretendes hablar,
graznas;
tu voz no tiene pulso,
mana a borbotones.

Haz como si durmieras.

Así, no del todo,
sin caer en quimeras.
Aguarda el día
tal que el primero
aunque sea tarde.

La vida no es un sueño
verosímil.
Ni ha sido,
más bien.

¿Quién es ahora el capitán
de todos los bosques,
sin miedo a ser cazado?

Podrías levantarte,
abrir la puerta, como
pudiste proclamar
también la vida
en otro mundo menos
triste o más sabio.

¿Cómo hallarás en la traición
del tiempo espacio suficiente
a nuevos ritos?

Pierdes quieres
perder prefieres la espera
has perdido esperando
y esperas.

Lo primero fue el verbo,
después el dogma.

Palabras.
Si llega el día,
bastará; alguien prometió
que llegaría.

Renuncia mientras
o enuncia tus conjuros
torpemente,
no dejes de ser
un mal salvaje.

Si entregas tu inocencia
a la insolente parquedad
de la razón
te rodean vallas y monstruos:
la espera,
el oprobio,
el silencio.

Fue sólo un rayo,
relumbró con bravura.

Mírate,
eres tan niño al menos
todavía,
para sentir
que no importa un ápice.



II


Eres encausto.
Los paraísos endebles.
Todo patriota embustero
o insomne.

Dices: te has dejado
en el vergel narcótico
tantas veces
como una polilla
el nácar de sus alas.

Dices: oculta
en los principios
se halla esperanza;
en todo infierno,
una tormenta,
deja olor a nenúfar.

La fe no mueve montañas.

No importa que huyeras
demasiado pronto
a esconderte en un recodo
del camino o llegaras
hasta este rincón absorto.

No es fácil ser mendigo
si lo que imploras no existe.

Tampoco tienes nada
que ostentar con orgullo
ni tu dignidad reduce
el vacío que abisma
las estrellas.

De nuevo te alegras
y das gracias al cielo
si la lluvia acude
a limpiar tus huellas.

Lo más cerca que has podido
vivir, al margen de los sueños,
ha sido jugando
a soñar que vives.

Cuando todos se visten,
duermes,
cuando duermen, abres los ojos
y escuchas la tormenta.
Los truenos te consuelan:
así el mundo
no sólo tiembla en tu alma.

Eres tan monstruo hoy,
como cuando proferiste
el primero de tus llantos. Las palabras
te otorgan demasiados refugios
que habitar.

Búscate en la noche,
en lo más profundo
del húmedo sendero.

Al final,
ha llovido desde siempre.
También amanece.
Acaso no tan pronto,
eso es todo.

Tus dudas no cicatrizan.

Si abres la ventana
no verás ya al zorro
que cada noche aullaba
dulcemente
entre estas ruinas.

Cuánto quisieras huir con él
a un mundo
de verdadera poesía;
jugar hasta sentir
la sangre resbalando,
primigenia entre tus brazos.

En cambio tienes polvo,
un fugaz rayo,
la promesa del alba,
recuerdos.

Tu herida no sangra
más que palabras;
no le preguntes por nada,
corre entre los árboles
al cobijo del musgo.

Alguien grita todavía
en tu infancia; eres torpe,
caes sobre zurrones,
se clavan, los helechos
parecen demasiado altos
para obviar.

Dices: las hormigas
construyen sus túneles
hasta que la reina
nos abandona.

Dices: la hierba es dicondra
gramilla y trébol.

Dices: una luciérnaga
anuncia el verano;
las mantis se yerguen
ante sus amantes
con colérica alquimia.

Esa es tu urbe,
tu patria.

El peligro de los astros
es que señalan el camino.

Llegaba un tren,
siempre a la misma hora,
cargado de fantasmas,
a aplanar las monedas
de los rieles.

Ellas y tus juguetes
descansan en el cementerio
del ático. También los de
tu hermano. Todo
lo suyo fue vuestro además
de tuyo.

Dices: los árboles crecen
ungiendo nuevos anillos
en torno a un centro muerto.

Dices: la pureza
de un pistilo no sobrepone
sus estigmas.

Dices: los ciervos juegan
de incógnito ante la curia
del fusil.

El tren cruzaba un puente
de piedra sobre el río.
Saludabas a sus muertos,
con un pañuelo blanco;
entre los relámpagos,
su imagen aún proyecta
un hálito fraterno.

Si no dejamos pruebas no existimos,
lo arriesgamos todo reiteradamente;
por no perder aquello que consideramos
tanto, al final yacemos sin nada.

No estás falto de piedad
pero la malgastas en ti mismo,
en lugar de levantarte,
prefieres inventar excusas.

¡Enúncialas, escupe!

Tuviste un padre recio,
el nido era sin ramas,
la humedad, podredumbre.

Amaste tantas veces,
perdiste todas ellas,
quisiste la desdicha.

Espera.
¿No es eso la violeta 
luz del día?

Si amanece podrás
coger ese tren
de una vez por todas;
saltar sobre él como
un pájaro zancudo,
rasgar con tus garras el
metal hasta abrirlo,
partir para siempre
hacia la luz inaudita.

No.

Es sólo otro espejismo.
No puedes convencerte de nada.

La espera es un engaño
en el que recaes,
ni siquiera impunemente.

Nunca resolvimos el enigma
de tus manos y las mías una noche
como ésta, tan larga o más bien
un invierno que de pronto amanecía.

El hechizo de la nieve
se ensució entre ellas. El tiempo
entorpece la blancura
con la que contemplas y
sientes. Pero no tanto
como para hacer del recuerdo
noche callada.

¿Cómo no dar en llamarnos
espera y esperanza
si este anhelo tan voraz
retuerce los vocablos
que con paroxismo aprendimos
fijando nuestras almas
en torpes dibujos de tiza?

Hiere ese brillo que adivinas:
dolor arcano.

Sírvate entonces dudar
con suficiencia mientras
nadie escucha
la verdadera lengua del mundo.